MIEDO

03.03.2016 00:00

Una de las cosas que más me ha preguntado la gente a la vuelta de Canadá ha sido acerca del miedo... el miedo a la oscuridad,  a lo desconocido, a la soledad, al frío, a los osos, a los lobos, a los alces, a las nutrias, a las musarañas, al tío la guadaña, a Fredy Kruguer, a Paquito Chocolatero...

Anteriormente ya había pasado noches solo en la montaña y siempre dejas volar un poco la imaginación acerca de lo que pudiera acecharte en la oscuridad. Antes de irme a Canadá, me planteaba la duda de cómo iba a reaccionar cuando me encontrase totalmente solo, de noche y en mitad de la nada. Ahora puedo hablar de ello y compartir las reflexiones a las que he llegado al respecto.

¡Pero qué miedo ni qué leches!, cuando vas caminando, durmiendo menos de una hora al día o ni siquiera durmiendo, a -30º C, no te queda ni un gramo de energía para pensar en nada que no sea seguir caminando. Y no es cosa de ser muy valiente, para nada, es cosa de que no piensas en ello y punto, estás demasiado hecho tabaco como para pensar en cualquier cosa.

Hubo un par de veces que sí me asusté un poco. La segunda noche en competición aún no había pegado ojo desde el inicio de la carrera. Aún más, a las 3 de la madrugada del día de salida ya estaba despierto por una combinación de nervios, emoción y jetlag, en total casi 50 horas. Me encontraba andando por una zona de bosque camino del tercer check point. Había decidido llegar hasta él o morir en el intento ante la imposibilidad de conciliar el sueño. LLevaba la música puesta, lo que generaba una atmósfera mágica y me animaba a andar a muy buen ritmo. lo único que veía era lo que alumbraba mi linterna frontal en la línea del camino, que estaba totalmente flanqueado por espesos bosques. En un momento dado paré para hacer algo, no recuerdo qué. Me quité los cascos y de pronto, a escasos metros de mí en el interior del bosque, escucho claramente unos pasos en la nieve de algo tremendamente grande. Lo primero que pensé es que se debía tratar de un alce, pero inmediatamente me vino a la mente la idea de que pudiera ser un oso. La temperatura en ese momento era de -25º C, suficientemente baja como para que los osos estén hibernando, pero siempre tienes al pepito grillo puñetero en el hombro que te dice "perooo...¿y si al final es un oso...qué?". En ese momento empecé a andar rápido...muy rápido...cagando leches, vamos. Mirando hacia atrás continuamente, por si acaso (creo que fue la primera, y una de las pocas veces que miré hacia atrás en toda la carrera). Por supuesto ni se me ocurrió volver a poner la música hasta que me había alejado un buen trecho.

La otra vez fue la tercera noche. Me encontraba ya en la zona de infinitos lagos. Para que os hagáis una idea, tardabas horas en cruzar un lago inmenso para, acto seguido, cruzar una zona de bosque de un kilómetro o menos y volver a entrar en el siguiente lago. Así prácticamente dos días. Creo que sería en uno de los lagos más grandes que crucé. Hacía unas pocas horas que había anochecido y me encontraba en mitad de una gran extensón de hielo que me costó horas recorrer. La aurora boreal lucía en todo su esplendor, ocupando gran parte del horizonte. Lo único que podía oir eran mis propios pasos. Ninguna luz en kilómetros a la redonda. Ningún pueblo ni zona habitada...nadie...absolutamente nadie...en mitad del gran norte salvaje. Me detengo para disfrutar del silencio más absoluto que he sentido en mi vida. La experiencia alcanza el clímax al apagar la luz de la frontal, quedándome totalmente a oscuras. En ese momento escucho una especie de trueno apagado debajo del hielo, pero que en mis oídos retumbó como si se hubiese producido dentro de mi cabeza. El corazón a mil por hora. La primera reacción, por supuesto es "¡¿qué co.....nes ha sido eso?!". La segunda reacción fue aún peor que la primera "¡¡¡...dónde leches me subo, a qué me cojo, dóoonde me agarrrrrro si esto se hunde!!!". 

Aparte de estos dos momentos, nada, cero, encefalograma plano. Bueno sí, el continuo miedo a meter la pata y quedar fuera de carrera, cada vez que las manos se quedaban heladas, cada vez que no sentías los pies más de lo normal, cada vez que pensabas en los tiempos de corte...

En contrapartida a todo esto, la sensación continua de bienestar, de estar en un lugar maravilloso, de encontrarte en tu sitio, de no querer estar en ningún otro lugar del mundo y de sentir una paz interior incluso en lo más duro de la batalla. Por lo demás...sin comentarios.

 

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