EL DESPERTAR

17.02.2016 00:00

No sé por dónde empezar. Hay tantas cosas que contar, y la mayoría es imposible hacerlo con palabras. Algunas podré compartirlas con imágenes en forma de fotos de momentos y paisajes, pero los paisajes interiores habrá que dejárselos a la escritura. Supongo que lo mejor será empezar por el principio, o en este caso, por el final. 

No reaccioné de ninguna forma especial cuando el médico del check point de Carmacks me "insinuó" que debía abandonar la carrera, que si no lo hacía iba a tener un problema serio de salud. Sencillamente, lo acepté. El dolor había sido horrible las últimas horas y yo ya era consciente de que aquello no era un simple "picor de huevos". Las rozaduras de las ingles que me habían acompañado durante días se habían agravado hasta tal punto que podían acabar provocándome septicemia. Es curioso cómo algo tan vanal en una situación normal se puede llegar a convertir en un serio problema en el ártico, pero así es el ártico. Cometes un error y estás fuera de carrera, cometes dos errores y puede que algo peor. En mi caso, el error fue no darle importancia a aquellas rozaduras y dejar que un problema, sencillo a priori, se convirtiera en un posible riesgo para mi salud. Y es que la mentalidad del "si duele es que sigues vivo", "espartanos, cuál es vuestra profesión" y "ya me tocaré los güivols cuando tenga tiempo" no sirve de mucho en una carrera como esta, en la que una simple ampolla te puede acabar eliminando. Yo pensaba que tenía bastante claro este concepto, pero el encontrarme tan bien durante toda la carrera me hizo perder la noción de las prioridades. 

Así es, me sentí estupendamente durante los 285 km que duró mi carrera. Más de cuatro días en los que sólo consegí dormir 5 horas en total, y pese a ello, encontrarme en un estado de forma física excepcional (de lo psíquico, habría que preguntar a los señores y extraños seres que aparecían en mis continuas alucinaciones por la falta de sueño). Cuatro días en los que todo me estaba pareciendo fácil, el entorno no resultaba hostil en ningún momento, pese a que la temperatura nocturna más suave que tuvimos fue de -25 º C. Me encontraba como en casa, agusto, feliz. De hecho, cualquiera que se hubiera cruzado conmigo, hubiera sospechado que había ingerido algún tipo de sustancia psicotrópica debido a la perpetua sonrisa de gilipollas que lucía en la jeta (mi amiga Mª Jesus me ha planteado que, tal vez, la sonrisa perpetua se debía a la congelación de mi cara durante el estado inicial de felicidad en la carrera y posterior exposición al frío de mi musculatura facial; interesante teoría a tener en cuenta).

Y es que la aurora boreal, esa bailarina silenciosa que llena las noches sin luna del ártico y le roba el protagonismo a las estrellas como una niña caprichosa, es una sucia traidora que te envuelve como un suave manto de luz y te embriaga dulcemente, generando un ficticio estado de bienestar. Que sales del saco de dormir y te estás congelando como un besugo...pues tú ahí...como un gilipuertas, mirándola. "¡Qué bonita es, se me están congelando las manos, los pies, las orejas y las pelotas, pero qué bonita es, joer!". Pues así todo el rato.

Las cosas se ven muy claras en la soledad más absoluta, cuando sabes que no hay nada habitado en cientos de millas a la redonda, cuando al cruzar un lago helado de muchos kilómetros de longitud y anchura que te llevará horas atravesar, no ves luces ni delante ni detrás. Solo del todo, sin mas sonidos en tu cabeza que el de tus pisadas al andar y tus pensamientos. La mecánica mental necesaria para seguir adelante se vuelve muy simple y saborear los momentos, las sensaciones y los sentimientos se convierte en un inusitado placer. Es como ser el único habitante de un planeta en el que el tiempo se ha detenido...totalmente congelado, pero tu mundo está completo y totalmente abarrotado por tí, en perfecto estado de equilibrio y armonía. Sobre tu cabeza siempre, perpetua acompañante, la aurora boreal.

(foto de Joaquín Candel, el "El tigre del Yukón", "El lobo de Alaska Iditarod Trail Invitational", un fenómeno vamos).

Pd: En las próximas entradas procuraré hacer un resumen de la carrera para los lectores más masoquistas, ya que probablemente, las batallitas van a dar para agotar ríos de tinta una vez entrado en modo "abuelo cebolleta". Lo de hoy ha sido insomnio, vamos, que son las cuatro de la "madrugá" y con el "jet lag" de las narices no puedo dormir, y uno no está ahora para arrastrar ruedas y sale la vena blogera, así que si me he puesto un poco empalagoso no me lo tengáis muy en cuenta. (Chema y Luis, estáis fritos cuando salgamos en bici, id comprando tapones para los oídos).

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