CRÓNICA DE UN DÍA CUALQUIERA

25.02.2016 00:00

Sus ojos se abren sin motivo alguno, no hay ruido en el exterior ni posibilidad de que nada lo produzca, no hay nada ni nadie. Sencillamente su mente le dice que ya ha descansado bastante. Asoma la cabeza a través de la estrecha abertura del saco para encontrarse dentro del limitado espacio  de escasos centímetros que genera la funda de vivac entorno al primero. Todo, fuera del saco, está congelado. Incluso sus botas, que ha dejado junto a la cabeza en el interior de la funda, están totalmente petrificadas. Mira el reloj y sólo ha pasado una hora desde que ha parado a descansar, son las tres de la mañana. En condiciones normales vovlería a intentar dormir, pero la adrenalina que le ha empujado hacia adelante durante los últimos días está fluyendo por su sangre de nuevo y ya es imposible volver a conciliar el sueño. Al abrir la funda de vivac un aire totalmente helado invade su diminuto "hotel". A partir de este momento todo se debe hacer de forma acelerada. El termómetro que lleva en el exterior del trineo le dice que está a -28º C, por lo que de no moverse rápido, empezará a sentir los efectos de la hipotermia en unos pocos minutos. La peor parte es ponerse las botas cuando están totalmente congeladas y rígidas. El primer contacto es similar a la sensación de meter los pies en un cubo de agua helada. No volverán a calentarse hasta al menos media hora después de reemprender la marcha. Una vez calzado recoge el saco, la funda de vivac y el aislante de cualquier manera y los introduce en la bolsa del trineo a presión. La mejor forma de llevar las cosas dentro del trineo es en bolsas independientes, pero amontonadas y sin criterio alguno, sabiendo más o menos dónde se encuentra cada cosa, pero sin perder demasiado tiempo en ordenarlo. 

En unos minutos está en marcha, no sin antes haber repartido unas cuantas barritas energéticas y algo de chocolate por los bolsillos de la chaqueta para que los vaya calentando su cuerpo al generar calor. De otra forma sería imposible incarles el diente, "recién sacadas del congelador". A su espalda tiene una bolsa de hidratación, con agua aún liquida, bajo varias capas de ropa, que le ha acompañado durante la noche dentro del saco. Este "magnífico ágape" constituirá su único sustento a lo largo de la siguiente "jornada", por llamar de alguna forma, al tiempo que pasará caminando entre dos descansos dentro del saco de dormir.

Los primeros minutos aprieta considerablemente el paso intentando calentarse lo más rápidamente posible. Los dedos de las manos le escuecen dentro de vairas capas de manoplas y guantes, y en su mente se despierta una vez más el perpetuo temor a sufrir congelaciones que pudieran dejarle fuera de carrera. Más allá de ese temor, en su mente sólo hay cabida para los sentimientos, los cáculos y las sensaciones, nada más. Los dedos de los pies...sencillamente no existen.

Caminar ya no es un esfuerzo, es sencillamente un acto reflejo similar a respirar. Sólo existe el horizonte. En ese momento se da cuenta de que, en los días previos, no ha mirado ni una sola vez hacia atrás. Sólo al frente...siempre al frente. Por momentos se olvida de la existencia del trineo que arrastra y, sin embargo, en su interior se encuentra todo lo necesario para poder mantenerse con vida en ese entorno. 

Faltan aún casi siete horas para que amanezca y la oscuridad sería absoluta si el cielo no estuviese totalmente invadido por la aurora boreal. El silencio, aparte del crujir de sus pasos sobre la nieve, resulta terriblemente ensordecedor. Cuando se detiene, sólo la aurora  en perpetuo movimiento parece emitir algún sonido, al menos dentro de su cabeza.

Las horas pasan sin que se de cuenta. Cada segundo parece el mismo y a la vez único. El reloj no volverá a existir hasta la hora de despertarse de nuevo. Un amanecer que durará horas promete la llegada de  un sol frío y sin fuerza, para dar paso a un largo atardecer. El día, sencillamente no existe...luego de nuevo, la noche...casi eterna.

Tras lo que han parecido siglos, alcanza el siguiente punto de control. Al fin gente, voces, sonrisas. Primeras palabras en casi dos días. Se trata de una tienda en mitad de la nada con un médico y dos voluntarios a la que le está terminantemente prohibido acceder. Algo de comida, agua caliente para beber y conversación. Un pequeño oasis en un desierto helado. Unas pocas horas de contacto humano y de nuevo, viaje al interior. 

Setenta kilómetros por delante hasta el siguiente punto de control con la única compañía de sus pensamientos, y por supuesto...de la aurora boreal.

 

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