ATARDECER EN EL YUKON

18.01.2017 00:00

Hace pocas horas que el sol ha despuntado en el horizonte sin llegar a levantarse más que apenas unos grados, cuando empiezas a darte cuenta de que comienza a ocultarse de nuevo, pasando directamente del amanecer al atardecer. Estás en la tierra sin día, estás en el Yukón. Llevas caminando desde varias horas antes del amanecer. Las pocas horas de luz de que has disfrutado han servido para subir ligeramente la temperatura, que se encuentra unas cuantas decenas de grados por debajo del punto de congelación. Ahora, con el ocaso, la temperatura empieza a caer de nuevo bruscamente. 

Una pequeña parada, vas al trineo y buscas ropa para incrementar el abrigo. Sacas las manoplas de pluma y las dejas preparadas para usarlas en las próximas horas. También preparas la linterna frontal, pues en unos minutos la oscuridad será total y no habrá otra fuente de luz que ilumine el camino. Saboreas una barrita energética totalmente congelada que rompes con los dientes como si se tratase de turrón del duro, para luego ir masticándola con dificultad. En ese momento de quietud, aprovechas para admirar el extenso y helado paisaje. Montañas hasta donde alcanza la vista flanqueadas por espesos bosques se funden con el blanco de la nieve y el hielo que lo invaden todo. Estas en mitad de lo que, en verano, será un inmenso lago y que ahora es una extensa explanada totalmente congelada, que te costará horas llegar a cruzar. Invadiendo hasta el último hueco del universo...el silencio, el silencio absoluto. No eres consciente de él hasta que te quedas totalmente quieto, pero cuando lo percibes no puedes abandonarlo, como si de una droga se tratase. Ese silencio es imposible en el mundo que conocemos. Un silencio que sólo tú puedes romper. Ningún otro ser vivo...ni una ligera brisa...nada de ruidos que denoten la existencia de civilización en kilómetros a la redonda...absolutamente nada por mucho que te esfuerces en intentar escuchar en el vacío. Sin embargo, la sensación te embriaga y te abraza un sentimiento de melancólica soledad.

El sol ya sólo es un recuerdo, no volverás a verlo hasta 18 horas después. Te vuelves a poner en marcha y el sonido de tus pasos al hacer crujir la nieve vuelve a convertirse en la melodía que te acompañará sin interrupción. Caminas por un mundo en el que el tiempo parece haberse detenido...congelado. La hora, los horarios, la prisa, son conceptos que han dejado de tener sentido. Vas a estar caminando casi toda la noche sin que vaya a detenerte nada más que tu propio cuerpo o tu propia mente. Dar el siguiente paso se convierte en tu única obligación y tus pensamientos en tu única compañía, a pesar de todo, te invade una sensación de libertad que se convierte en tu alidada y te anima a seguir...el cansancio ya no existe...el dolor es sólo una caricia... es la felicidad en grado máximo.

El frío empieza a golpear tu cara por lo que te cubres, dejándo únicamente tus ojos al descubierto. La luz del atardecer prácticamente ha desaparecido, enciendes la frontal y el mundo se convierte en una especie de túnel congelado que parece no tener fin...estás en el Yukón...estás en la Yukon Artic Ultra.

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